Hoy estaba reflexionando sobre el pasaje de los discípulos que se encontraron a Jesús en el camino a Emaús, ellos estaban tan tristes que no se dieron cuenta que estaban caminando con el hasta que se sentaron a comer, allí fue donde Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio. ¡Allí se dieron cuenta de que era el!

Yo sé que aquí hay varias grandes enseñanzas para nuestra cotidianidad. Tienes el tema de la soberanía de un Dios que les cegó/abrió el entendimiento. Quizá para quién se siente desesperanzado y triste como estos discípulos, es bueno saber que Jesús está caminando con ellos aunque no puedan verlo.

Pero en lo que quizá muy pocos se enfocan – y puede sonar un poco fuera de contexto – es en esa manera peculiar que tenía Jesús de partir el pan. Allí también hay una lección.

Creo que pasa exactamente lo mismo con nuestras vidas. Dios nos toma, nos bendice, nos parte y luego nos entrega para el beneficio de los demás. Puedo ver esta constante en todos los grandes hombres y mujeres de la Biblia.

Dios tomó a Abraham, lo bendijo, luego lo partió con diversas pruebas y finalmente en el bendijo a todas las naciones. A Moisés lo tomó, lo bendijo, lo quebró 40 años en el desierto y luego lo entregó al beneficio de su pueblo cautivo.

La misma historia pasó con José, fue tomado, bendecido, quebrado más de una década en prisión. El pueblo de Israel fue tomado, bendecido, quebrado 40 años en el desierto y luego entregado.

Y así podríamos seguir en una lista enorme que demuestra como trabaja el Dios de los procesos. En Cristo vemos nuestro mejor ejemplo, el Señor lo quiebra en la Cruz y luego lo entrega como Salvador del mundo para la redención de los pecados.

A veces podemos tener raíces de amargura por alguna prueba o tribulación, por oraciones no contestadas. Nuestro corazón puede albergar tristezas pensando que o no tuvimos suficiente fe o que Dios se olvidó de nosotros. No estamos entendiendo que el quiebre forma parte del plan, del fortalecimiento de nuestra fe y del desarrollo del carácter de Cristo.

Hermano, hermana. Que no falle tu fe, no te desanimes. Si Dios te tomó, te bendijo y te está quebrando ahora mismo, bendice este momento, cae de rodillas, no murmures, no levantes el puño contra tu redentor.

Acepta su quiebre y prepárate para ser formado como un DIAMANTE, porque lo único que eso significa es que serás dado como bendición para muchos para su propia gloria.

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